Es la noche del 21 de agosto de 1966 y en los hogares irrumpe la cadena nacional de radiodifusión. Nada que sorprenda en aquel tiempo, pletórico de levantamientos militares. Es más; pocas semanas antes, un golpe había derrocado al presidente radical Arturo Illia. Lo lideraba el general Juan Carlos Onganía, cuyo sueño era convertirse en el “Franco argentino” para gobernar el país durante 20 años. Pero no es Onganía el que habla, sino su ministro de Economía, Jorge Néstor Salimei. El tema es demasiado específico y sorprende a la generalidad de la población argentina: la crisis azucarera en Tucumán ¿Por qué usar la cadena nacional para referirse a un caso tan puntual y reducido a la geografía de una provincia? Son escasos los antecedentes en ese sentido, antes y después. Pues bien, lo que Salimei informa es la decisión de hundir el cuchillo en el corazón productivo tucumano, decretando el cierre forzoso de un listado de ingenios. Al día siguiente, 22 de agosto, exactamente 60 años atrás, gendarmes ingresan a las fábricas y el devenir de Tucumán cambia para siempre.
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Como a muchos de los personajes que van poblando esta trama, a Salimei lo aguarda un destino cuesta abajo. Al empresario-ministro, dueño de la alimenticia Sasetru y del Banco de Boulogne, lo eyectarán del Gobierno al año siguiente. Morirá joven, en 1975. Sasetru terminará quebrando poco después. Los sueños imperiales de Onganía se evaporarán al punto de convertirlo en un personaje caricaturesco, aunque nada de festivo hubo en su gestión, una dictadura nacida con la fatídica Noche de los Bastones Largos y enterrada por el Cordobazo. En ese raid de daños infligidos al país se cuenta el capítulo tucumano. El epílogo de Onganía fue lógico: tumbado por sus pares del Colegio Militar.
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No hay forma de entender el Tucumán de hoy sin conocer lo sucedido en 1966. Las consecuencias de aquel industricidio, generador de un brutal caos económico y social, se notan en las costuras de la provincia. Espectrales, las siluetas de los ingenios cerrados siguen dibujándose en los paisajes. Los rodean pueblos fantasmagóricos, como el Comala que Juan Rulfo imaginó para su “Pedro Páramo”. De esas tierras emigraron decenas de miles de trabajadores y sus familias, mientras el entramado productivo iba desmigajándose. En algunas fábricas, como Bella Vista, La Trinidad y La Florida, el pueblo consiguió plantar bandera y luchó con uñas y dientes para evitar el cierre. Fue una victoria parcial en el marco de una derrota general, evidenciada por moles de ladrillo inertes, retazos de metal y un mar de memoria encrespado por el dolor de ya no ser.
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Distintos estudios indican que el éxodo generado a partir de 1966 sumó alrededor de 200.000 tucumanos. Curioso y fatídico el destino de Tucumán, cuya tradición de desarraigos se hunde bien atrás en la historia. El cierre de ingenios no fue el primer episodio en ese sentido. Leamos a Teresa Piossek Prebisch, quien relata lo dispuesto por Alonso de Mercado y Villacorta, Gobernador del Tucumán, tras las Guerras Calchaquíes del siglo XVII:
“...mientras los calchaquíes permanecieran en sus altos valles no estarían jamás vencidos, entonces (Alonso) no dejó en ellos ni un solo indio ni un solo pueblo. Los pobladores fueron repartidos prácticamente por todo el Virreinato, desde el Perú hasta Córdoba, y desde La Rioja hasta las playas bonaerenses, lugar a donde se enviaron a las dos tribus más peligrosas: la de los quilmes y la de los alcalianes. El desarraigo de los 20.000 calchaquíes fue uno de los hechos más trágicos y de características más monumentales que registra la historia...”
En este caso no cabe el concepto de la repetición de la historia -primero como tragedia, después como farsa-. La sufrida por Tucumán fue una doble tragedia, separada por cientos de años y aún así unida por ese sentimiento tan desesperanzador como es la pérdida de la identidad que proporciona la tierra.
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La del azúcar es una saga de crisis recurrentes, cuyos orígenes coinciden con el nacimiento de la industria. Son varios los historiadores y cientistas sociales dedicados a escudriñar en esa interminable y cíclica sucesión de tropiezos, que cruzaron décadas y colores políticos. Una serie de elementos se reiteran: sobreproducción, precios, rentabilidad, quebranto, huelgas, (re)financiación, atraso tecnológico. Con mayor o menor éxito, las fábricas lograron surfear la primera mitad del siglo XX, aunque tras el golpe que acabó con el primer peronismo en 1955 se registró un cambio de paradigma. Al cabo de una década tumultuosa, mientras la industria empezaba a reconfigurarse y asomaban nuevos actores, llegó 1966 y la Nación optó por soltarle la mano a Tucumán. ¿Por qué? Hay varias hipótesis. El historiador Roberto Pucci adjudicó la movida a una operación de Ledesma y la familia Blaquier. Su colega Silvia Nassif indicó:
“La decisión del cierre de los ingenios no fue económica, sino política. Hubo una campaña de desprestigio hacia la industria y una estigmatización de Tucumán, a la que se presentaba como una futura Cuba por el nivel de conflictividad social (...). Después del cierre se produjo un proceso de concentración monopólica del azúcar, del que se beneficiaron empresarios de otras provincias, pero también de Tucumán. Un ejemplo: en 1973, con 11 ingenios menos, se produjo un 24,9% más de azúcar que en 1965”.
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Lo concreto es que en esta multicausalidad se cobijó la dictadura de 1966 para liquidar los ingenios. “Después de muchos años de inyectar dinero para subvencionar el monocultivo azucarero, Tucumán sigue al borde del caos. El otrora Jardín de la República es hoy, dentro de la Nación, una isla de presente explosivo y de futuro incierto. Hay ingenios que están en quiebra (…) Subsistían por motivos electoralistas e intereses minoritarios”, sostuvo el ministro Salimei. Y tras esta fundamentación -compuesta por verdades a medias y omisiones varias- lanzó la más contundente y lacerante de las mentiras: “ningún obrero quedará sin trabajo y sin sueldo”. Lo instrumentado entonces fue un plan llamado “Operativo Tucumán”, cuyo fracaso quedó a la vista. Consistía en la radicación de una serie de fábricas en distintos puntos de la provincia destinadas a absorber la mano de obra desocupada. Es la mano de obra que terminó desarraigada.
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Al contrario de vastas regiones de la Argentina -en especial la zona núcleo-, donde la propiedad se concentra en poquísimas y multimillonarias manos, Tucumán ofreció un modelo contrastante. En cierto modo, representó el sueño de Alberdi y de Sarmiento cuando hablaban de la colonización de la tierra. Los productores cañeros llegaron a contarse por miles y a partir de la relación que año a año entablaban con los industriales se cifraba el destino de la zafra. Esa pulseada era un clásico del universo azucarero; idéntica a la protagonizada por los obreros del surco y de los talleres y por los empleados de los ingenios. Fotia -en especial- y Feia también jugaban sus partidos y tras el hachazo de 1966 se alzaron en pie de guerra. Nada era sencillo en esa delicada relación de fuerzas entre industriales, agricultores y trabajadores. Era, al mismo tiempo, una estructura sobre la que se había edificado el Tucumán productivo. El cierre de los ingenios golpeó a esa tríada, al punto de que seis décadas después hay sectores que nunca pudieron recuperarse.
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Antonio Domingo Bussi, entonces jefe del Regimiento de Infantería N° 19, fue el encargado de coordinar los movimientos de gendarmes y policías federales que coparon las fábricas el 22 de agosto de 1966. Eran siete fábricas las comprendidas por el primer decreto de la dictadura: Bella Vista, Esperanza, La Florida, Lastenia, Santa Ana, La Trinidad y Nueva Baviera. A partir de allí se produjo un efecto dominó que fue barriendo con otros establecimientos, como Mercedes, Los Ralos, San José, San Ramón, Amalia, Santa Lucía y San Antonio. Al cabo de años de batallas -legales y callejeras-, y como quedó consignado, sólo Bella Vista, La Trinidad y La Florida se salvaron de la guillotina. Para el resto no hubo vuelta atrás. De 27 ingenios que funcionaban en 1965, la década se cerró con 16.
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“Yo desarmé el ingenio con mis propias manos”, le dijo Víctor Núñez a LA GACETA. Hablaba del San Antonio, emblema de Ranchillos. En Nueva Baviera el desenlace se tiñó de realismo mágico, con vecinos viviendo en el interior de la vieja chimenea. Y hablando de chimeneas, las de Santa Ana se vinieron abajo en una dramática y explosiva secuencia, orquestada por la dinamita que sembró la dictadura de 1976. Cuentan que a Palito Ortega le fluyó algo de su antigua sangre luleña e intentó salvar el Mercedes. ¿Será cierto? Los viejos obreros del Esperanza, de los pocos que quedaron en Delfín Gallo, se preguntaban por qué el cierre de una fábrica que se había modernizado. Los vestigios del Amalia quedaron incrustados en plena capital, precisamente al 2.500 de la calle Buenos Aires. Con Los Ralos el ensañamiento fue absoluto, porque además de la fábrica bajó la persiana la textil. Desde Santa Lucía, la imponencia del ingenio sigue siendo magnética para quienes suben a los Valles. El San Ramón había sobrevivido a una explosión en 1958, pero el segundo mazazo fue el de la vencida. Y en el Gran San Miguel de Tucumán se da la coincidencia de que dos víctimas de 1966 encontraron otro destino: la sede de la Sociedad Rural en el San José y un centro cultural -pleno de actividad durante estos días- en el Lastenia. Historias. Hay miles como estas.
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“¿Sabe? Algún día el ingenio va a volver a funcionar”. La expresión de deseos, transmitida a LA GACETA por un vecino de San Pablo, tiene su explicación. Desde el fondo de su casa se divisan, magníficas, las chimeneas de una fábrica que no cerró en 1966, sino en 1992. Fue el último ingenio que dejó de moler y hoy alberga -nada menos- los claustros de una universidad. “Va a volver”, dice el vecino. Lo mismo expresaban, entre angustiados y melancólicos, los desterrados 60 años atrás. ¿Cómo explicarles que los fantasmas no regresan? Simplemente, y para siempre, están.